Le faltaba una espera de diez minutos en el empalme de Marengo, cuarenta y cinco minutos más en un autobús hasta la terminal de Iowa City, seis más en taxi, uno andando, dos minutos para subir la escalera y estaría en su habitación de los dormitorios. Allí podría estar tendida en cama toda la noche, oyendo como la nieve se fundía con la lluvia, al otro lado de su ventana. Podría dormirse con la certeza de que los años de ansiedad - su propia ansiedad y de manera sutil, la de sus padres -, quedaban atrás, como una excitación ambigua que nunca la había dejado respirar libremente. Ya podría dormir con la impresión de que no sólo Joe Perry se había prometido con ella durante el fín de semana, sino que ella también se había comprometido con el porvenir; que no sólo iba a casarse con un chico guapo que trabajaba en la oficina de John Deere, sino también se casaría con un futuro de años sólidos.
Naturalmente (sabía esto a pesar de sus ensueños), el programa no iría de acuerdo con sus pensamientos. Se tropezaría con Sara o Chris, o con Elizabeth, en el pasillo del dormitorio, o tal vez con alguna otra chica en el tocador, y, como es natural, se lo contaría. La noticia daría pronto la vuelta por el tercer piso y su cuarto no tardaría en ser invadido por las amigas. Tendría que enseñar las fotos de Joe, el anillo, explicar en que se oupaba Joe, habría risas y algún comentario por parte de Elizabeth delante de todas (la voz masculina, ronca, de Elizabeth, diría : "Un tipo varonil, ¿ Eh, chicas ?" "Hummmm ..." "Y vaya manazas ..." "Oooooohhhhh ..." "Bien, seguro que ahora te alegras de haber sido una chica decente, ¿eh?" "Hu ... Hu ..."). Pero después de todo el bullicio, aún tendría unos minutos antes de dormirse, durante los cuales volvería a asegurarse de su felicidad.
- Marengo, empalme ! - gritó el conductor.
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