Marvin Harris escribió en los 80 Vacas,cerdos,guerras y brujas un ensayo muy entretenido sobre varios temas diferentes unidos por la creencia en el materialismo cultural, que demuestra que detrás de lo que pueda parecer superstición, tabú religioso o extravagancia la mayor parte de las veces lo que hay es un uso racional de los recursos disponibles, aunque la misma población termine ignorándolo. Sus dos primeros capítulos trataban de la sacralización de la vaca en la India y el rechazo al cerdo como carne impura.
El inicio de Bueno para comer repite y amplia esos dos capítulos porque se ocupa exclusivamente de la alimentación humana. Analiza con mirada materialista nuestras aversiones y preferencias en lo que a mover la mandíbula se refiere. Desde ese punto de vista sólo cuenta la relación entre coste y beneficio, lo que tenemos a mano para comer y lo que permite que nuestra tribu pueda seguir tragando en el futuro. Por eso nosotros nosotros podemos poner cara de asco viendo algún documental sobre gente que saborea insectos o se guisa a sus perros mientras nos comemos un buen plato de callos o los ojos del lechazo...
El ansia de carne es el denominador común, por mucho que les pese a los vegetarianos, incluyendo la caída del mito de los primates como comedores de fruta. Muy curiosa resulta la parte dedicada a los EEUU y su obsesión casi excluyente de cualquier carne que no sea de vacuno, su relación con las hamburguesas industriales y como éstas subvencionan otro tipo de carne, en principio de mayor calidad.
O la división entre lactófilos y lactófobos y como nosotros formamos parte sin darnos cuenta del grupo en minoría, los galaktopotes.
Por supuesto hay un apartado dedicado al canibalismo, tanto al pacífico como al más cruel. Me ha impresionado mucho (es que no tenía ni idea) la descripción de los rituales caníbales de los aztecas donde podían llegar a 80.000 sacrificios humanos en cuatro días. Tanto o más impresionan algunos relatos sobre actos caníbales de los indios brasileños, algunos recogidos por los jesuitas o éste narrado en primera persona que pongo aquí como ejemplo morboso. Está escrito por Hans Staden un artillero alemán que pasó cautivo nueve meses por los tupinambas en 1154.
Cuando traen para casa a sus enemigos, las mujeres y los niños los abofetean. Después los adornan con plumas pardas, les cortan las pestañas de «arriba de los ojos», danzan en torno a ellos y los amarran bien para que no huyan. Les dan una mujer para cuidarlo y también para tener relaciones con ella...Le dan buena comida, y así lo tratan durante algún tiempo; comienzan los preparativos, hacen muchas vasijas especiales en las que ponen todo lo necesario para pintarlo... Cuando todos los preparativos están dispuestos, señalan el día del sacrificio. Convidan a los salvajes de otras aldeas para reunirse allí en aquella época. Llenan todas las vasijas de bebidas y uno o dos días antes de que las mujeres hayan hecho las bebidas pasean al prisionero una o dos veces por la plaza y danzan a su alrededor.
Cuando están reunidos todos los que vienen de fuera, el jefe de la cabaña les da la bienvenida y dice: «Venid a ayudar a devorar vuestro enemigo»... pintan la cara del prisionero, y mientras una de las mujeres lo está pintando las otras cantan. Y cuando comienzan a beber, llevan al prisionero para allá y conversan con él.
Cuando acaban de beber, al día siguiente descansan; después hacen una cabana pequeña para el prisionero en el mismo lugar donde debe morir. Allí permanece toda la noche, bien custodiado. Por la mañana, y antes de clarear el día, van a danzar y a cantar alrededor del palo con que lo deben matar. Entonces sacan al prisionero de la cabana..., le dan piedrecitas para que las arroje contra las mujeres que corren en torno a él y amenazan con devorarlo. Estas están ahora pintadas y preparadas para, cuando él esté reducido a tajadas, comerse alrededor de las cabanas los cuatro primeros pedazos. En esto consiste su diversión. Cuando está todo listo, hacen un fuego a unos dos pasos del prisionero, que debe ver el fuego. Después viene una mujer corriendo con el Iwera Pemme..., grita de alegría y lo pasea delante del prisionero para que éste lo vea.
Hecho esto, un hombre toma el palo, se dirige al prisionero, se para frente a él y le muestra el garrote para que éste lo vea. Mientras tanto, el que debe matar al prisionero va con otros 14 ó 15 y pinta su propio cuerpo de gris, con ceniza. Vuelve entonces con sus compañeros hacia el lugar en que está el prisionero, y el que se había quedado frente a éste le entrega el palo. Viene ahora el rey de las cabañas, toma el palo y lo pasa entre las piernas del que debe dar el golpe mortal.
Esto es considerado por ellos como un gran honor. El que debe matar al prisionero vuelve a coger el palo y dice: «Sí, aquí estoy, quiero matarte, porque los tuyos también mataron a muchos de mis amigos y los devoraron.» El otro responde: «Cuando esté muerto, aún tengo muchos amigos que seguro me han de vengar.» Entonces le descarga un golpe en la nuca, los sesos saltan e inmediatamente las mujeres cogen el cuerpo, lo arrastran hacia el fuego, lo raspan hasta que queda bien blanco y le meten un palito por detrás para que nada se les escape.
Una vez que ya está desollado, un hombre lo coge y le corta las piernas por encima de las rodillas, y también los brazos. Vienen entonces las mujeres, cogen los cuatro pedazos y echan a correr alrededor de las cabañas, haciendo un gran escándalo.
Después le abren los costados, separan el espaldar de la parte delantera y se lo reparten... Cuando todo está acabado, cada uno vuelve a su casa y lleva su parte consigo. El que ha matado gana otro nombre... Después, ese mismo día, tiene que quedarse acostado en su red; le dan un pequeño arco con una flecha para pasar el tiempo disparando a un blanco de cera. Esto se hace para que los brazos no se le queden temblones del susto de haber matado.
Esto así lo vi y presencié.
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