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Estoy completamente fascinado por este juego que debería exhibirse en los museos. No hacen falta más de cinco minutos para ver que es algo especial en cada detalle. Voy a llamarlo arte a pesar de que tengo la sensibilidad artística de una ameba para intentar expresar la diferencia de grado que transmite algo que provoca una inmersión tan definitiva en otra realidad. Juegos hay muchos, bastantes de ellos buenos, algunos muy buenos y de vez en cuando uno que destaca por encima de todos, bien por la ruptura con lo anterior, por su calidad técnica o por algo menos definido pero más duradero... Jugar al Doom al Half Life o al Mafia es la leche, pero la sensación
de combinar sonidos en el mundo de Loom era algo distinto y el recuerdo
de ese juego Debe de ser esa sensación de que además de estar jugando estás en otro lugar y que va a formar parte de tus recuerdos como cualquier otra experiencia real.
El guión es magnífico (y enseña: gracias a él he conocido el objetivismo de Ayn Rand, nunca es tarde) con diálogos con humor que dan apuntes de la vida de los enemigos. No sientes lo mismo al disparar a un monstruo impersonal que defendiéndote con una llave inglesa de una atractiva y desfigurada mujer con velo -al estilo de la portada del Eve de Alan Parsons- que te golpea con saña mientras te tira los tejos. O cierto cachondeo cómplice que sientes en la Feria Agrícola, escondido debajo del mostrador de la tienda de queso de Richard.
P.D.: Queridos Programadores Magos no estaría mal poner un modo invisible en los juegos, a lo mejor como recompensa al acabar el juego, para poder volver a recorrer tranquilamente esta maravilla de ciudad y a sus habitantes.
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| sábado, 13 marzo 2010 |
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