Matinee es el título de una disfrutable comedia del gran Joe Dante.
Habla del miedo al holocausto nuclear y a la visión comercial que el
cine hace de ese mismo miedo para convertirlo en materia de escalofrío
y disfrute para devoradores de palomitas. John Goodman está soberbio
como hombre-orquesta del cine,
sin escrúpulos y con alma de niño que echa de menos los buenos tiempos
en que las deudas podrían quedar resueltas dejándose romper una pierna
y no con abogados metomentodo.
Habla también de la fascinación de los adolescentes, ajenos al
peligro real que sí ven los adultos, por la liturgia de la sala de cine
y la magia de la sesión matinal. Para todo aquel que ame el cine de
palomitas, el de espectáculo de barraca, más que el que tiende a
tomarse en serio como arte, es muy recomendable.
La sesión matinal ha sido mi preferida desde crío. Entrabas desde la
calle soleada a un lugar oscuro donde la vida se proyectaba y era mejor
y más apetecible. Cuando salías seguía brillando el sol y te ibas a
comer con una sonrisa que te dislocaba la mandíbula. He seguido yendo
siempre que había una matinal. Cuando en Valladolid empezaron los
multicines, muchos incluyeron esta sesión y volví a ir, ya con mi hijo.
Ultimamente sólo el UGC mantenia la costumbre, aunque sin mucho
público, y he tenido algunas negociaciones surrealistas como
prometer no quedarme a los títulos de crédito si ponían Sky Captain
aunque sólo estuviera yo de espectador.
La última vez ya ni siquiera se pudo discutir, no iban a proyectar
Infiltrados para una sóla persona. Y este viernes al mirar el periódico
para ver que se podía ver este finde compruebo que se acabó. Ya no hay
más y lo veo lógico. Pero me apena, siento lo mismo que cuando cerraron
el cine Groucho o el Matallana. Se acaba algo más personal y mucho más importante que una sesión de cine.
Que mejor ocasión que este entierro para volver a ver Matinee y
disfrutarla riendo y sollozando con una bolsa gigante de palomitas |