El señor Oliver Misrell estaba sentado a un extremo de la mesa de conferencias, con los ojos porcinos semi-enterrados en su rostro grasiento, con papada, que brillaba como un buho rasurado. Miraba distraídamente más allá de los ocho hombres que estaban sentados, cuatro a cada lado de la mesa, para detenerse en el hombre esbelto y alto que ocupaba el otro extremo de la mesa, con la silla un poco retirada hacia atrás, de modo que estaba medio de cara a las puertas dobles de entrada a la habitación.
Se trataba de Gart Williams, que sufría de un calor especial, creado por sus propios temores. Hacía ya casi dos horas que estaban reunidos ahí y Jalee Ross, el joven al que estaban esperando, no había enviado ningún mensaje para explicar su retraso.
Williams miraba a las puertas de entrada, controlado y tenso, imaginándose que oía ruido de pasos y jugando mentalmente consigo mismo. Esperaría cinco minutos más o contaría hasta doscientos o le daría cuerda a su reloj, estableciendo siempre los límites de algún comentario que debería hacer o de alguna resolución que anunciar. Pero cuando llegaba el límite propuesto, no le quedaba otro remedio que permanecer sentado, mirando a las puertas.
Los otros hombres presentes en la sala sentían su incomodidad y sabían lo que estaba sucediendo. Jalee Ross era recomendado personalmente por Gart Williams para encargarse de una cuenta importante de automóviles. Aquella junta había sido convocada para poner a punto su campaña publicitaria. El señor Misrell, director de la empresa, se había opuesto violentamente a Ross; pero había aceptado la recomendación de Williams con una señal de asentimiento y un gruñido, como diciendo: "Va a ser tu funeral." ...
Los ejecutivos de cuentas se revelaban secretamente en sus papeles de espectadores desapasionados, mientras que las miradas del señor Misrell se posaban precisamente sobre el único culpable, cuya vulnerabilidad se reflejaba en su rostro pálido y sudoroso. Porque Gart Williams estaba asustado. Se le ocurrió pensar que aquello era como un funeral. Él era el cadáver y los otros presentes eran los deudos que esperaban impacientemente que se colocara el ataúd en la posición adecuada.
Gart Williams odiaba su trabajo, a las agencias publicitarias y al señor Misrell. Todo ello era una extensión del disgusto que sentía por sí mismo y por todo lo que tenía que hacer para justificar los veinte mil dólares anuales que cobraba. Miró al señor Misrell con repulsión. ¡Cuan profundamente podía descender un hombre, como para buscar aquella especie de seguridad que, a veces, sólo podía encontrarse a varias brazas por debajo de su propio respeto como hombre y su propia dignidad!
Había estado en la agencia durante más de quince años y cada día le resultaba más fácil decirle "señor" al señor Misrell, reírse con sus chistes idiotas, alabarlo con deferencia y negarse a sí mismo el hecho de que era un símbolo perfecto, rastrero y nauseabundo de los vendedores ruines del siglo xx. Eso es lo que eran todos ellos, en cierto sentido. Williams lo sabía. Llevaban costosas camisas de seda; pero eran como participantes en un carnaval. Se habían envuelto hábilmente con los ropajes de la respetabilidad; pero eran sólo advenedizos aduladores.
Gart reflexionó que podían adornar sus trabajos con la terminología de Madison Avenue, "estadísticas", "entrevistas en profundidad", "investigaciones" y todo el resto de la jerga seudocientífica. Podían alojarlo todo ello en oficinas lujosas, como aquella en que se encontraban; pero en lo más profundo y cerca del corazón de todo, se encontraba la verdad horrible de toda su función.
Eran estafadores, tan podridos y carentes de moral como los vendedores defraudadores de terrenos petroleros, en el siglo xix. Fragmentos de todo ello cruzaban por la imaginación de Gart Williams, mientras observaba la puerta, escuchando los ruidos de las sillas, producidos por los hombres que esperaban impacientemente en torno suyo, sintiendo los ojos fríos y acusadores sobre él. Mientras que afuera, en alguna parte, en los comienzos del invierno en Manhattan, se estaba formando una catástrofe, como una nube negra y amenazadora. Williams se levantó de su silla, sintiendo el sudor en las palmas de las manos. Se humedeció los labios y, deseando tener alguna otra cosa que hacer, levantó el teléfono por cuarta vez en media hora.
—Quiero hablar con la secretaria del señor Jake Ross —dijo, cuando le respondieron del otro lado de la línea.
—Williams —dijo suavemente el señor Misrell—, estamos esperando todavía a su señor Ross.
Williams lanzó una sonrisa breve y triste por encima del hombro y dijo:
—Estoy tratando de encontrarlo, señor.
Una mujer respondió al teléfono.
—¿Es usted la secretaria de Jake Ross? —inquirió Gart, tratando de que su voz no temblara—. ¿Eres Joannie? Joannie, ¿dónde está?. . . Ya sé que salió a comer; pero habíamos convocado aquí una conferencia
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