Arthur C. Clarke estará ya bebiendo en la taberna del Ciervo Blanco, contando historias inverosímiles a compañeros tan imaginativos como él. Seguro que Isaac agradece su llegada. Podríamos recordar que gracias a él tenemos los satélites geoestacionarios en lo que se llamó el cinturón de Clarke, pero mejor ponemos un relato suyo que resulta muy apropiado en fechas cercanas a festivales horteras. Gracias Arthur, pide lo que quieras.
La melodía ideal
Arthur C. Clarke
¿Han observado alguna vez cómo, en una habitación en la que se encuentran reunidas veinte o treinta personas charlando animadamente, llega un momento en que todo el mundo guarda silencio súbitamente? Se crea una especie de vacío vibrante que parece engullir todos los sonidos. No sé cómo afectará a otras personas, pero a mí me produce una sensación de frialdad que me domina por completo. Ni que decir tiene que el fenómeno está sujeto a las leyes de probabilidad, pero, por alguna razón, parece algo más que una simple coincidencia en las pausas de las conversaciones. Es como si todos estuvieran pendientes de escuchar algo, aunque no sepan el qué. En esos momentos recuerdo aquellos versos:
Pero siempre a mi espalda presiento el carro alado y cercano del tiempo...
Así es como a mí me afecta, por muy animada que sea la compañía entre la que me encuentre. Sí, incluso en «El Ciervo Blanco».
Me ocurrió esto mismo un miércoles por la noche en el que había menos aglomeración de la habitual. Se hizo el silencio, tan inesperadamente como siempre. Entonces, posiblemente en un deliberado intento de romper ese desagradable suspense, Charlie Willis empezó a silbar la última canción de moda; ni siquiera recuerdo el título. Sólo recuerdo que desencadenó uno de los relatos más inquietantes de Harry Purvis...
—Charlie —dijo con calma—, esa maldita cancioncilía me está volviendo loco. Durante la última semana he tenido que escucharla cada vez que enchufaba la radio.
John Christopher emitió un sonoro sorbetón.
—Deberías conectar siempre con el Tercer Programa. Estarías a salvo.
—A algunos de nosotros —contestó secamente Harry— no nos satisface una dieta exclusiva a base de madrigales isabelinos. Pero no vamos a pelear por eso, por Dios. ¿Nunca se te ha ocurrido que hay algo extraño en esas canciones de éxito?
—¿Qué quieres decir?
— Pues que aparecen misteriosamente, y durante semanas todo el mundo las tararea, como Charlie hace un momento. Las que poseen cierta calidad se te graban de tal forma que no puedes alejarlas de la cabeza; dan vueltas y más vueltas durante días. Y, de repente, desaparecen sin mayor explicación.
—Ahora te comprendo —dijo Art Vincent—. Algunas melodías pueden elegirse, pero otras se pegan como melaza, tanto si lo deseas como si no.
—Exactamente. Durante una semana entera me obsesionó el tema principal del final de la segunda sinfonía de Síbelius ; incluso me dormía con él rondándome la cabeza. Después le tocó el turno a «El tercer hombre»: da di da di daaa, dida, didaa... Recuerda lo que fue aquello.
Harry tuvo que callarse un momento hasta que la gente dejó de tararear. Cuando se desvanecieron los murmullos continuó:
—¡Exactamente! A todos os sucedió lo mismo. Entonces, ¿qué tienen esas tonadas para provocar tal efecto? Algunas son realmente buena música, otras, banalidades, pero evidentemente tienen algo en común.
—Continúa —dijo Charlie—. Estamos impacientes. —Desconozco la respuesta —contestó Harry—. Y lo que es más, no quiero conocerla. Sé de un hombre que la encontró.
Automáticamente, alguien le acercó una cerveza, para que el tono de su relato no decayera. A mucha gente le fastidiaba que en medio de lo más interesante se parase para pedir otra bebida.
—No sé por qué a la mayoría de los científicos les interesa la música —prosiguió Harry Purvis—, pero es un hecho innegable. Conozco muchos laboratorios importantes que poseen orquestas sinfónicas de aficionados, algunas incluso muy buenas. F.ntre los matemáticos se podrían encontrar razones obvias para justificar esta afición: la música, especialmente la música clásica, es, formalmente, casi matemática. Además, se apoya en la teoría: relaciones armónicas, análisis de las ondas, distribución de la frecuencia, y cosas por el estilo. Constituye en sí misma un estudio apasionante que atrae fuertemente a las mentes científicas, y que no excluye —-aunque muchas personas crean lo contrario— una apreciación puramente estética.
Pero he de confesar que el interés musical de Gilbert Lister era completamente cerebral, tira, en primer lugar, un fisiólogo, especializado en el estudio del cerebro. Por éso la palabra cerebral debe ser tomada literalmente.
No distinguía entre una canción vaquera y la Sinfonía Coral. No le interesaban los sonidos por sí mismos sino por los efectos que causaban en el cerebro.
Entre personas tan cultas como !as presentes —dijo Harry, con tal énfasis que sonó como un insulto—, no habrá nadie que ignore el hecho de que gran parte de la actividad cerebral se realiza por medio de electricidad. Constantemente se producen pulsaciones de ritmo regular, que pueden detectarse y analizarse con la ayuda de modernos instrumentos. Este era el campo de Gilbert Lister. Adosaba electrodos en el cuero cabelludo de una persona, y un sistema de amplificadores registraba las ondas cerebrales en cinta magnética. Tras examinarlas, podía dar todo tipo de información sobre la persona en cuestión. En última
instancia, afirmaba, es posible identificar a cualquiera a partir de un encefalograma —para utilizar el término correcto— con mayor precisión que a través de las huellas dactilares.
Mediante una intervención quirúrgica, puede cambiarse la piel de una persona, pero sí llegáramos a un avance tecnológico tal que pudiera cambiarse ei cerebro —bueno, esa persona ya no sería la mísma, de modo que no podría acusarse al sistema de haber fallado.
Mientras estudiaba los ritmos alfa, beta y demás del cerebro, Gilbert empezó a interesarse por la música. Estaba seguro de que existía alguna conexión entre los ritmos musicales y los mentales. Se ptopuso tocar música ante sus pacientes, para analizar los efectos producidos en sus frecuencias cerebrales normales. Como era de esperar, los efectos fueron múltiples, y los descubrimientos de Gilbert le llevaron a adentrarse en campos más filosóficos.
Sólo en una ocasión hablé con él extensamente sobre sus teorías. No porque fuera reservado —nunca he conocido a un científico que lo fuera, pensándolo bien—, sino porque no le gustaba discutir sobre su trabajo hasta saber a dónde le iba a llevar. Pero lo que dijo fue suficiente para demostrar que había abierto un campo muy interesante, y en consecuencia, me propuse ayudarle, Mi empresa suministró parte del equipo y yo no me mostré reacio a obtener un pequeño beneficio marginal. Se me ocurrió que si las teorías de Gilbert funcionaban, iba a necesitar un representante en menos que canta un gallo...
Porque lo que Gilbert intentaba hacer era encontrar el fundamento científico para llegar a una teoría sobre las canciones de éxito. Por supuesto, no pensaba sobre el asunto en estos términos : él lo consideraba como un simple proyecto de investigación y su única ambición consistía en publicar su trabajo en las Actas de la Asociación de Física. Pero yo reconocí las implicaciones financieras en seguida. Eran asombrosas.
Gilbert estaba seguro de que una melodía o una canción de moda impresiona la mente porque de algún modo se adapta a los ritmos eléctricos fundamentales del cerebro.
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