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Con el paquete apretado al pecho como portafolios de colegiala y una sonrisa de satisfacción que le envidiarían en Operación Triunfo, salió Eugenio de la tienda con su flamante Sniff USB. Y no era para menos. Se había convertido casi con seguridad en uno de los primeros poseedores de la última tecnología en periféricos de ordenador: el primer Simulador olfativo con cartuchos desechables (a precios prohibitivos) del mercado. Resumiendo, conectas el aparato al ordenador, arrancas los programas de demostración incluidos o te pones a navegar por las webs más rutilantes y tu habitación se llena de los olores más evocadores que puedan suministrarte los publicitarios con ayuda de la química... Ni siquiera se arrepentía del pastón que había soltado. Al ver el último anuncio de Nigrosoft contra la malvada piratería había tenido una inspiración casi divina. Le paso unas cuantas copias de programas al infeliz de su vecino y después de aguantarle los agradecimientos y sus patéticos intentos de colegueo, llamó al número de denuncias de Nigrosoft. La verdad es que tampoco se excedieron en generosidad: un diploma de Tecnólogo Concienciado Módelo, un paquete con sus dos últimos lanzamientos y adios muy buenas. Después de pirateárselo todo, se lo vendió a casi mitad de precio a su jefe. Que una ayudita para el regalo de Reyes nunca viene mal. A esas alturas Eugenio estaba ya un poco decepcionado. Se había recorrido todas las páginas de perfumes que había encontrado, repasado la página alternativa en Odorama de John Waters (que era un asquito la verdad) y no le había hecho nada de gracia la bromita final de la web de la Casa de Asturias. Empezaba a estar un poco hasta las narices, aunque Eugenio no apreciaría la ironía de la frase. Es demasiado moderno, pensó. Ya irán saliendo aplicaciones que lo utilicen mejor. Así que abrió su programa de correo electrónico decidido a comunicarse a distancia con el mundo. Cuando el puntero de su ratón pasó por un mensaje publicitario y se convirtió en el bigote de Sadam Hussein Eugenio no se dió cuenta, aunque también es verdad que el dibujillo duró menos que decir Spam. Lo que sí notó fue cierto aroma a pólvora en el ambiente, pero estaba ya tan saturado de olores que ni se molestó en apagar el Sniff. Cada vez estaba de mejor humor, los caracteres en los bordes de la pantalla tomaban formas caprichosas y nunca se dejaban enfocar correctamente, el tacto del teclado era agradablemente gomoso y el ratón le obligaba a realizar caprichosos giros de muñeca pero respondía de un modo infalible a su estado de ánimo. Casi al mismo tiempo que las líneas de texto empezaron a volverse verdosas y verticales, empezaron los escalofríos en la columna, las risas espontáneas y la música estroboscópica. Nunca se había sentido tan bien. Cuando lo encontraron muerto lo atribuyeron a una sobredosis de droga. Tampoco se preocuparon mucho. La epidemia todavía tardó unas semanas en llegar.
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| martes, 16 marzo 2010 |
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