Cinema Ideal
Rafael Azcona
Como siempre
que cambia el programa, el Tío Joaquín —sombrero
negro, palillo entre los dientes de oro, pelliza con cuello de piel,
garrota colgada del antebrazo, la parentela detrás de su
espalda— se planta ante la cartelera media hora antes de que abra
la taquilla y uno de sus nietos, apartándose los tufos de los
ojos, deletrea para los demás lo que la cartelera anuncia: dos
grandiosos reestrenos, Recuerda, con la maravillosa
«In-gri-Ber-man», y La guerra de Dios, con el gran
Francisco Rabal; luego, para matar el frío y la espera, la
tribu hace palmas por bulerías, una vieja sin dientes
canturrea «Por la calle abajito va el que yo quiero», su
bisnieta empieza a bailar, algunos jalean sin ningún
convencimiento «Viva el arte», «Lo que sabe la
niña», «Toma, toma, pastillas de goma» y los
demás se juegan la honra a los chinos.
Ya está
ahí esa gentuza, deduce la taquillera, empeñada en
la tarea de encajar en su angosto cuchitril la considerable masa de
sus ochenta y cinco kilos de peso, el termo de café con leche
y el bocadillo de mortadela que le ha preparado su hermana, el bolso
con sus cosas, el jersey que le está tejiendo a un sobrino y
el envase de dulce de membrillo que acaba de recoger en el despacho
de Dirección con los tacos de entradas y el dinero para
cambios; a Manolita, la taquillera, los gitanos no le gustan ni en la
pantalla, una vez hasta probó a ponerse guantes para no tocar
su dinero, lo malo fue que luego, al lavarlos, la lejía le
abrasó la cabritilla, Amalio debería negarles la
entrada, que para eso está el derecho de admisión, pero
ése sería capaz de venderle una entrada al bacilo del
cólera, piensa la opulenta cuarentona mientras se libera
de la faja sin quitarse la falda ni el abrigo; luego enchufa la
estufita que le caldeará los bajos durante las siete horas
largas de jornada laboral, se sienta en su silla, coloca los tacos de
entradas sobre el mínimo mostrador, pasa al cajón el
dinero para cambios y se pone a hacer punto hasta que falten cinco
minutos para la apertura: según Amalio —don Amalio para el
resto del personal— así se ahorra luz y hasta agua, que
parece mentira la cantidad de gente que espera la hora del cine para
hacer sus necesidades...
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